Prácticas del Lenguaje. Seguimiento de un autor: SAKI.
El contador de cuentos
Autor: Saki
Era una tarde calurosa y el vagón del tren
también estaba caliente; la siguiente parada, Templecombe, estaba casi a una
hora de distancia. Los ocupantes del vagón eran una niña pequeña, otra niña aún
más pequeña y un niño también pequeño. Una tía, que pertenecía a los niños,
ocupaba un asiento de la esquina; el otro asiento de la esquina, del lado opuesto,
estaba ocupado por un hombre soltero que era un extraño ante aquella fiesta,
pero las niñas pequeñas y el niño pequeño ocupaban, enfáticamente, el
compartimiento. Tanto la tía como los niños conversaban de manera limitada pero
persistente, recordando las atenciones de una mosca que se niega a ser
rechazada. La mayoría de los comentarios de la tía empezaban por «No», y casi
todos los de los niños por «¿Por qué?». El hombre soltero no decía nada en voz
alta.
–No, Cyril, no –exclamó la tía cuando el
niño empezó a golpear los cojines del asiento, provocando una nube de polvo con
cada golpe–. Ven a mirar por la ventanilla –añadió.
El niño se desplazó hacia la ventanilla
con desgano.
–¿Por qué sacan a esas ovejas fuera de ese
campo? –preguntó.
–Supongo que las llevan a otro campo en el
que hay más hierba –respondió la tía débilmente.
–Pero en ese campo hay montones de hierba
–protestó el niño–; no hay otra cosa que no sea hierba. Tía, en ese campo hay
montones de hierba.
–Quizá la hierba de otro campo es mejor –sugirió
la tía neciamente.
–¿Por qué es mejor? –fue la inevitable y
rápida pregunta.
–¡Oh, mira esas vacas! –exclamó la tía.
Casi todos los campos por los que pasaba
la línea de tren tenían vacas o toros, pero ella lo dijo como si estuviera
llamando la atención ante una novedad.
–¿Por qué es mejor la hierba del otro
campo? –persistió Cyril.
El ceño fruncido del soltero se iba
acentuando hasta estar ceñudo. La tía decidió, mentalmente, que era un hombre
duro y hostil. Ella era incapaz por completo de tomar una decisión
satisfactoria sobre la hierba del otro campo.
La niña más pequeña creó una forma de
distracción al empezar a recitar «De camino hacia Mandalay». Sólo sabía la
primera línea, pero utilizó al máximo su limitado conocimiento. Repetía la
línea una y otra vez con una voz soñadora, pero decidida y muy audible; al
soltero le pareció como si alguien hubiera hecho una apuesta con ella a que no
era capaz de repetir la línea en voz alta dos mil veces seguidas y sin
detenerse. Quienquiera que fuera que hubiera hecho la apuesta, probablemente la
perdería.
–Acérquense aquí y escuchen mi historia
–dijo la tía cuando el soltero la había mirado dos veces a ella y una al timbre
de alarma.
Los niños se desplazaron apáticamente
hacia el final del compartimiento donde estaba la tía. Evidentemente, su
reputación como contadora de historias no ocupaba una alta posición, según la
estimación de los niños.
Con voz baja y confidencial, interrumpida
a intervalos frecuentes por preguntas malhumoradas y en voz alta de los oyentes,
comenzó una historia poco animada y con una deplorable carencia de interés
sobre una niña que era buena, que se hacía amiga de todos a causa de su bondad
y que, al final, fue salvada de un toro enloquecido por numerosos rescatadores
que admiraban su carácter moral.
–¿No la habrían salvado si no hubiera sido
buena? –preguntó la mayor de las niñas.
Esa era exactamente la pregunta que había
querido hacer el soltero.
–Bueno, sí –admitió la tía sin
convicción–. Pero no creo que la hubieran socorrido muy deprisa si ella no les
hubiera gustado mucho.
–Es la historia más tonta que he oído
nunca –dijo la mayor de las niñas con una inmensa convicción.
–Después de la segunda parte no he
escuchado, era demasiado tonta –dijo Cyril.
La niña más pequeña no hizo ningún
comentario, pero hacía rato que había vuelto a comenzar a murmurar la
repetición de su verso favorito.
–No parece que tenga éxito como contadora
de historias –dijo de repente el soltero desde su esquina.
La tía se ofendió como defensa instantánea
ante aquel ataque inesperado.
–Es muy difícil contar historias que los
niños puedan entender y apreciar –dijo fríamente.
–No estoy de acuerdo con usted –dijo el
soltero.
–Quizá le gustaría a usted explicarles una
historia –contestó la tía.
–Cuéntenos un cuento –pidió la mayor de
las niñas.
–Érase una vez –comenzó el soltero– una
niña pequeña llamada Berta que era extremadamente buena.
El interés suscitado en los niños
momentáneamente comenzó a vacilar en seguida; todas las historias se parecían
terriblemente, no importaba quién las explicara.
–Hacía todo lo que le mandaban, siempre
decía la verdad, mantenía la ropa limpia, comía budín de leche como si fuera
tarta de mermelada, aprendía sus lecciones perfectamente y tenía buenos
modales.
–¿Era bonita? –preguntó la mayor de las
niñas.
–No tanto como cualquiera de ustedes
–respondió el soltero–, pero era terriblemente buena.
Se produjo una ola de reacción en favor de
la historia; la palabra terrible unida a bondad fue una novedad que la
favorecía. Parecía introducir un círculo de verdad que faltaba en los cuentos
sobre la vida infantil que narraba la tía.
–Era tan buena –continuó el soltero– que
ganó varias medallas por su bondad, que siempre llevaba puestas en su vestido.
Tenía una medalla por obediencia, otra por puntualidad y una tercera por buen
comportamiento. Eran medallas grandes de metal y chocaban las unas con las
otras cuando caminaba. Ningún otro niño de la ciudad en la que vivía tenía esas
tres medallas, así que todos sabían que debía de ser una niña extraordinariamente
buena.
–Terriblemente buena –citó Cyril.
–Todos hablaban de su bondad y el príncipe
de aquel país se enteró de aquello y dijo que, ya que era tan buena, debería
tener permiso para pasear, una vez a la semana, por su parque, que estaba justo
afuera de la ciudad. Era un parque muy bonito y nunca se había permitido la
entrada a niños, por eso fue un gran honor para Berta tener permiso para poder
entrar.
–¿Había alguna oveja en el parque?
–preguntó Cyril.
–No –dijo el soltero–, no había ovejas.
–¿Por qué no había ovejas? –llegó la
inevitable pregunta que surgió de la respuesta anterior.
La tía se permitió una sonrisa que casi
podría haber sido descrita como una mueca.
–En el parque no había ovejas –dijo el
soltero– porque, una vez, la madre del príncipe tuvo un sueño en el que su hijo
era asesinado tanto por una oveja como por un reloj de pared que le caía
encima. Por esa razón, el príncipe no tenía ovejas en el parque ni relojes de
pared en su palacio.
La tía contuvo un grito de admiración.
–¿El príncipe fue asesinado por una oveja
o por un reloj? –preguntó Cyril.
–Todavía está vivo, así que no podemos
decir si el sueño se hará realidad –dijo el soltero despreocupadamente–. De
todos modos, aunque no había ovejas en el parque, sí había muchos cerditos
corriendo por todas partes.
–¿De qué color eran?
–Negros con la cara blanca, blancos con
manchas negras, totalmente negros, grises con manchas blancas y algunos eran
totalmente blancos.
El contador de historias se detuvo para
que los niños crearan en su imaginación una idea completa de los tesoros del
parque; después prosiguió:
–Berta sintió mucho que no hubiera flores en el parque. Había prometido a sus tías, con lágrimas en los ojos, que no arrancaría ninguna de las flores del príncipe y tenía intención de mantener su promesa por lo que, naturalmente, se sintió tonta al ver que no había flores para coger.
–¿Por qué no había flores?
–Porque los cerdos se las habían comido
todas –contestó el soltero rápidamente–. Los jardineros le habían dicho al príncipe
que no podía tener cerdos y flores, así que decidió tener cerdos y no tener
flores.
Hubo un murmullo de aprobación por la
excelente decisión del príncipe; mucha gente habría decidido lo contrario.
–En el parque había muchas otras cosas
deliciosas. Había estanques con peces dorados, azules y verdes, y árboles con
hermosos loros que decían cosas inteligentes sin previo aviso, y colibríes que
cantaban todas las melodías populares del día. Berta caminó arriba y abajo,
disfrutando inmensamente, y pensó: «Si no fuera tan extraordinariamente buena
no me habrían permitido venir a este maravilloso parque y disfrutar de todo lo
que hay en él para ver», y sus tres medallas chocaban unas contra las otras al
caminar y la ayudaban a recordar lo buenísima que era realmente. Justo en aquel
momento, iba merodeando por allí un enorme lobo para ver si podía atrapar algún
cerdito gordo para su cena.
–¿De qué color era? –preguntaron los
niños, con un inmediato aumento de interés.
–Era completamente del color del barro,
con una lengua negra y unos ojos de un gris pálido que brillaban con
inexplicable ferocidad. Lo primero que vio en el parque fue a Berta; su
delantal estaba tan inmaculadamente blanco y limpio que podía ser visto desde
una gran distancia. Berta vio al lobo, vio que se dirigía hacia ella y empezó a
desear que nunca le hubieran permitido entrar en el parque. Corrió todo lo que
pudo y el lobo la siguió dando enormes saltos y brincos. Ella consiguió llegar
a unos matorrales de mirto y se escondió en uno de los arbustos más espesos. El
lobo se acercó olfateando entre las ramas, su negra lengua le colgaba de la
boca y sus ojos gris pálido brillaban de rabia.
Berta estaba terriblemente asustada y
pensó: «Si no hubiera sido tan extraordinariamente buena ahora estaría segura
en la ciudad». Sin embargo, el olor del mirto era tan fuerte que el lobo no
pudo olfatear dónde estaba escondida Berta, y los arbustos eran tan espesos que
podría haber estado buscándola entre ellos durante mucho rato, sin verla, así
que pensó que era mejor salir de allí y cazar un cerdito. Berta temblaba tanto
al tener al lobo merodeando y olfateando tan cerca de ella que la medalla de
obediencia chocaba contra las de buena conducta y puntualidad. El lobo acababa
de irse cuando oyó el sonido que producían las medallas y se detuvo para
escuchar; volvieron a sonar en un arbusto que estaba cerca de él. Se lanzó
dentro de él, con los ojos gris pálido brillando de ferocidad y triunfo, sacó a
Berta de allí y la devoró hasta el último bocado. Todo lo que quedó de ella
fueron sus zapatos, algunos pedazos de ropa y las tres medallas de la bondad.
–¿Mató a alguno de los cerditos?
–No, todos escaparon.
–La historia empezó mal –dijo la más
pequeña de las niñas–, pero ha tenido un final bonito.
–Es la historia más bonita que he
escuchado nunca –dijo la mayor de las niñas, muy decidida.
–Es la única historia bonita que he oído
nunca –dijo Cyril.
La tía expresó su desacuerdo.
–¡Una historia de lo menos apropiada para
explicar a niños pequeños! Ha socavado el efecto de años de cuidadosa
enseñanza.
–De todos modos –dijo el soltero cogiendo
sus pertenencias y dispuesto a abandonar el tren–, los he mantenido tranquilos
durante diez minutos, mucho más de lo que usted pudo.
«¡Infeliz! –se dijo mientras bajaba al
andén de la estación de Templecombe–. ¡Durante los próximos seis meses esos
niños la asaltarán en público pidiéndole una historia impropia!»
FIN
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LA VENTANA ABIERTA.
Autor: SAKI
Mi tía bajará dentro de un momento, Sr. Nuttel – dijo una niña de 15 años muy dueña de si-. Mientras tanto le tocará conformarse conmigo.
Framton Nuttel se esforzó por decir algo que halagara apropiadamente a la
sobrina presente sin descartar de modo desconsiderado a la tía por venir.
Personalmente dudaba más que nunca de que esas visitas formales a una serie de
personas completamente extrañas sirvieran mayor cosa para ayudar a la cura de
nervios que, según se suponía, estaba siguiendo.
- Yo sé qué va a pasar – le dijo su hermana cuando él se estaba preparando
para emigrar a ese retiro rural -; te vas a enterrar allá abajo sin hablar con
un ser viviente, y con el atontamiento vas a tener los nervios peor que nunca.
Te voy a dar cartas de presentación para todas las personas que conozco allá.
Algunas hasta donde me acuerdo, eran muy agradables.
Framton se preguntaba si la Sra. Sappleton, a quien le traía una de las
cartas de presentación, entraría en el departamento de las agradables.
- ¿Conoce mucha gente de por aquí? – le preguntó la sobrina cuando le
pareció que ya habían tenido suficiente comunicación silenciosa.
- Casi a nadie – dijo Framton – mi hermana estuvo aquí en la parroquia,
como sabe, hace unos cuatro años, y me dio cartas de presentación para la gente
del lugar. Dijo esto último en un tono evidente de excusa.
- ¿Entonces, prácticamente no sabe nada de mi tía? – continuó la segura
jovencita.
- Sólo su nombre y dirección – admitió el visitante. No sabía si la señora
Sappleton era casada o viuda. Algo indefinible en la habitación parecía sugerir
la idea de que allí viviera un hombre.
- Su gran tragedia ocurrió apenas hace tres años – dijo la niña -, eso fue
después de la época en que estaba su hermana.
- ¿Su tragedia? – preguntó Framton; le parecía de algún modo que encontrar
tragedias en esa región de descanso estaba fuera de lugar.
- Usted se preguntará, tal vez, por qué mantenemos esa ventana abierta de
par en par, en una tarde de octubre – dijo la sobrina, indicando una gran
puerta ventana que se abría sobre un prado.
- Hace mucho calor para esta época del año – dijo Framton -; ¿pero esa
ventana tiene algo que ver con la tragedia?
- Por esa puertaventana, hace exactamente tres años, salieron el marido y
los dos hermanos menores de mi tía, para su sesión de tiro del día. Jamás
volvieron. Al cruzar el pantano para ir a su lugar favorito para tirarle a las
becadas, a los tres se los tragó un fangal traicionero. Había sido un verano
húmedo espantoso y pedazos de terreno que otros años habían sido seguros, se
hundían sin saber a qué horas. Sus cuerpos nunca se recobraron. Eso fue lo peor
de todo. – aquí la voz de la niña perdió su entonación segura y se quebró de
modo muy humano -. La pobre tía piensa que volverán algún día, ellos y el
perrito de cacería que se hundió con ellos, y que van a volver a entrar por esa
puerta como siempre lo hacen. Por eso es que se deja abierta la puertaventana
todas las tardes hasta cuando ya está completamente oscuro. La pobre tía me ha
dicho muchas veces cómo salieron, su esposo con su chaqueta impermeable blanca
en el brazo, y Ronnie, su hermano menor, cantando “¿Bertie, por qué brincas?”
como siempre lo hacía, en broma porque ella decía que la canción le ponía los
nervios de punta. ¿Sabe una cosa?, a veces en tardes tranquilas como esta tengo
la idea soterrada de que van a entrar por esa puerta ventana...
Terminó con un ligero estremecimiento. Para Framton fue un alivio ver
entrar a la tía con un millón de excusas por demorarse tanto en aparecer.
- Espero que Vera lo haya estado entreteniendo – dijo.
- Me ha dicho cosas muy interesantes – dijo Framton.
- Ojalá no le moleste la ventana abierta – dijo la señora Sappleton en tono
ligero -, mi marido y mis hermanos ya regresas de su cacería, y siempre entran
por allí. Hoy han estado cazando becadas en los pantanos, de modo que me van a
volver un asco mis pobres tapetes. Como siempre los hombres, ¿cierto?.
Charló alegremente sobre la cacería y la escasez de aves, y sobre la
esperanza de patos en el invierno. A Framton, todo eso la parecía el horror
puro. Hizo un esfuerzo desesperado pero no completamente exitoso para llevar la
conversación a un tema menos espantoso; se daba cuenta de que la dueña de casa
le prestaba apenas un fragmento de su atención, y de que sus ojos constantemente
miraban más allá de él hacia la ventana abierta y el prado que estaba detrás.
Era una coincidencia verdaderamente desgraciada que él estuviera haciendo su
visita en ese trágico aniversario.
- Los médicos están de acuerdo en aconsejarme completo reposo, abstenerme
de excitaciones mentales y evitar cualquier clase de ejercicio violento –
anunció Framton, quien partía de la base de esa ilusión bastante difundida,
según la cual los complementos extraños y las amistades casuales están
hambrientas de conocer, hasta el más insignificante detalle, las enfermedades
de que uno sufre, sus causas y su manera de curarse -. En materia de dietas no
están tan de acuerdo – prosiguió.
- ¿No? – dijo la señora Sappleton, en una voz que fue reemplazada por un
bostezo en el último momento. Luego, de pronto, puso evidente atención pero no
a lo que estaba diciendo Framton.
- ¡Por fin llegaron! – exclamó -. ¡apenas a tiempo para el té, y no parecen
venir embarrados hasta las cejas!.
Framton, un poco trémulo, se volvió hacia la sobrina con una mirada que
pretendía llevarle su piadosa comprensión. La niña miraba a través de la
ventana abierta con ofuscación y horror en los ojos. Con un escalofrío de miedo
innombrable, Framton se dio vuelta en su asiento y miró en la misma dirección.
En la creciente penumbra tres figuras atravesaban el prado hacia la
puertaventana, todos llevaban escopetas bajo el brazo, y uno de ellos, además,
llevaba una chaqueta blanca colgando de los hombros. Un cansado perro de
cacería castaño los seguía pegado a sus talones. Se acercaban a la casa sin
hacer ruido, y de pronto una voz ronca y juvenil comenzó a cantar desde la
sombra: “Te lo dije Bertie, ¿por qué brincas así?”. Framton agarró
desesperadamente su bastón y su sombrero, apenas si notó la puerta del salón,
la entrada de gravilla, y la puerta del frente en su retirada a la carrera. Un
ciclista que venía por el camino tuvo que estrellarse con seto para evitar
atropellarlo.
- Aquí estamos, querida – dijo el que llevaba la chaqueta blanca al entrar
por la puertaventana -; había bastante barro, pero la mayor parte está seca.
¿Quién era ese que salió corriendo apenas entramos?
- Un hombre sumamente extraño, un tal señor Nuttel – dijo la señora
Sappleton -; no podía hablar sino de sus enfermedades, y salió corriendo sin
decir una palabra para despedirse o excusarse cuando ustedes llegaron. Parecía
que hubiera visto un fantasma. – Yo creo que fue el perro – dijo la sobrina
tranquilamente -; me contó que les tenía terror a los perros. Una vez lo
persiguió una manada de perros Parias hasta un cementerio a orillas del Ganges,
y tuvo que pasar la noche en una tumba recién abierta con los perros gruñendo y
mostrándole los dientes o los hocicos llenos de espuma muy cerca de su cabeza.
Lo suficiente para acobardar a cualquiera.
La novela improvisada era la especialidad de la niña.
FIN
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Tobermory
Autor: Saki
Era una tarde lluviosa y desapacible de fines de
agosto durante esa estación indefinida en que las perdices están todavía a
resguardo o en algún frigorífico y no hay nada que cazar, a no ser que uno se
encuentre en algún lugar que limite al norte con el canal de Bristol. En tal
caso se pueden perseguir legalmente robustos venados rojos.
Los huéspedes de lady Blemley no estaban limitados al
norte por el canal de Bristol, de modo que esa tarde estaban todos reunidos en
torno a la mesa del té. Y, a pesar de la monotonía de la estación y de la
trivialidad del momento, no había indicio en la reunión de esa inquietud que
nace del tedio y que significa temor por la pianola y deseo reprimido de
sentarse a jugar bridge. La ansiosa atención de todos se concentraba en la
personalidad negativamente hogareña del señor Cornelius Appin. De todos los
huéspedes de lady Blemley era el que había llegado con una reputación más vaga.
Alguien había dicho que era “inteligente”, y había recibido su invitación con
la moderada expectativa, de parte de su anfitriona, de que por lo menos alguna
porción de su inteligencia contribuyera al entretenimiento general. No había
podido descubrir hasta la hora del té en qué dirección, si la había, apuntaba
su inteligencia. No se destacaba por su ingenio ni por saber jugar al croquet;
tampoco poseía un poder hipnótico ni sabía organizar representaciones de
aficionados. Tampoco sugería su aspecto exterior esa clase de hombres a los que
las mujeres están dispuestas a perdonar un grado considerable de deficiencia
mental. Había quedado reducido a un simple señor Appin y el nombre de Cornelius
parecía no ser sino un transparente fraude bautismal. Y ahora pretendía haber
lanzado al mundo un descubrimiento frente al cual la invención de la pólvora,
la imprenta y la locomotora resultaban meras bagatelas. La ciencia había dado
pasos asombrosos en diversas direcciones durante las últimas décadas, pero esto
parecía pertenecer al dominio del milagro más que al del descubrimiento
científico.
-¿Y usted nos pide realmente que creamos -decía sir
Wilfred- que ha descubierto un método para instruir a los animales en el arte
del habla humana, y que nuestro querido y viejo Tobermory fue el primer
discípulo con el que obtuvo un resultado feliz?
-Es un problema en el que he trabajado mucho los
últimos diecisiete años -dijo el señor Appin-, pero solo durante los últimos
ocho o nueve meses he sido premiado con el mayor de los éxitos. Experimenté por
supuesto con miles de animales, pero últimamente solo con gatos, esas criaturas
admirables que han asimilado tan maravillosamente nuestra civilización sin
perder por eso todos sus altamente desarrollados instintos salvajes. De tanto
en tanto se encuentra entre los gatos un intelecto superior, como sucede
también entre la masa de los seres humanos, y cuando conocí hace una semana a
Tobermory, me di cuenta inmediatamente de que estaba ante un “supergato” de
extraordinaria inteligencia. Había llegado muy lejos por el camino del éxito en
experimentos recientes; con Tobermory, como ustedes lo llaman, he llegado a la
meta.
El señor Appin concluyó su notable afirmación en un
tono en que se esforzaba por eliminar una inflexión de triunfo. Nadie dijo
“ratas”1 aunque
los labios de Clovis esbozaron una contorsión bisilábica que invocaba
probablemente a esos roedores representantes del descrédito.
-¿Quiere decir -preguntó la señorita Resker, después
de una breve pausa- que usted ha enseñado a Tobermory a decir y a entender
oraciones simples de una sola sílaba?
-Mi querida señorita Resker -dijo pacientemente el
taumaturgo-, de esa manera gradual y fragmentaria se enseña a los niños, a los
salvajes y a los adultos atrasados; cuando se ha resuelto el problema de cómo
empezar con un animal de inteligencia altamente desarrollada no se necesitan
para nada esos métodos vacilantes. Tobermory puede hablar nuestra lengua con
absoluta corrección.
Esta vez Clovis dijo claramente “requeterratas”. Sir
Wilfrid fue más amable, aunque igualmente escéptico.
-¿No sería mejor traer al gato y juzgar por nuestra
cuenta? -sugirió lady Blemley.
Sir Wilfrid fue en busca del animal, y todos se
entregaron a la lánguida expectativa de asistir a un acto de ventriloquismo más
o menos hábil.
Sir Wilfrid volvió al instante, pálido su rostro
bronceado y los ojos dilatados por el asombro.
-¡Caramba, es verdad!
Su agitación era inequívocamente genuina y sus oyentes
se sobresaltaron en un estremecimiento de renovado interés.
Dejándose caer en un sillón, prosiguió con voz
entrecortada:
-Lo encontré dormitando en el salón de fumar, y lo
llamé para que viniera a tomar el té. Parpadeó como suele hacer, y le dije:
“Vamos, Toby; no nos hagas esperar”. Entonces ¡Dios mío!, articuló con
lentitud, del modo más espantosamente natural, que vendría cuando le diera la
real gana. Casi me caigo de espaldas.
Appin se había dirigido a un auditorio completamente
incrédulo; las palabras de sir Wilfrid lograron un convencimiento instantáneo.
Se elevó un coro de exclamaciones de asombro dignas de la Torre de Babel, entre
las cuales el científico permanecía sentado y en silencio gozando del primer
fruto de su estupendo descubrimiento.
En medio del clamor entró en el cuarto Tobermory y se
abrió paso con delicadeza y estudiada indiferencia hasta donde estaba el grupo
reunido en torno a la mesa del té.
Un silencio tenso e incómodo dominó a los comensales.
Por algún motivo resultaba incómodo dirigirse en términos de igualdad a un gato
doméstico de reconocida habilidad mental.
-¿Quieres tomar leche, Tobermory? -preguntó lady
Blemley con la voz un poco tensa.
-Me da lo mismo -fue la respuesta, expresada en un
tono de absoluta indiferencia. Un estremecimiento de reprimida excitación
recorrió a todos, y lady Blemley merece ser disculpada por haber servido la
leche con un pulso más bien inestable.
-Me temo que derramé bastante -dijo.
-Después de todo, no es mía la alfombra -replicó
Tobermory.
Otra vez el silencio dominó al grupo, y entonces la
señorita Resker, con sus mejores modales de asistente parroquial, le preguntó
si le había resultado difícil aprender el lenguaje humano. Tobermory la miró
fijo un instante y luego bajó serenamente la mirada. Era evidente que las
preguntas aburridas estaban excluidas de su sistema de vida.
-¿Qué opinas de la inteligencia humana? -preguntó
Mavis Pellington, en tono vacilante.
-¿De la inteligencia de quién en particular? -preguntó
fríamente Tobermory.
-¡Oh, bueno!, de la mía, por ejemplo -dijo Mavis
tratando de reír.
-Me pone usted en una situación difícil -dijo
Tobermory, cuyo tono y actitud no sugerían por cierto el menor embarazo-.
Cuando se propuso incluirla entre los huéspedes, sir Wilfrid protestó alegando
que era usted la mujer más tonta que conocía, y que había una gran diferencia
entre la hospitalidad y el cuidado de los débiles mentales. Lady Bremley
replicó que su falta de capacidad mental era precisamente la cualidad que le
había ganado la invitación, puesto que no conocía ninguna persona tan estúpida
como para que le comprara su viejo automóvil. Ya sabe cuál, el que llaman “la
envidia de Sísifo”, porque si lo empujan va cuesta arriba con suma facilidad.
Las protestas de lady Blemley habrían tenido mayor
efecto si aquella misma mañana no hubiera sugerido casualmente a Mavis que ese
auto era justo lo que ella necesitaba para su casa de Devonshire.
El mayor Barfield se precipitó a cambiar de tema.
-¿Y qué hay de tus andanzas con la gatita de color
carey, allá en los establos?
No bien lo dijo, todos advirtieron que la pregunta era
una burrada.
-Por lo general no se habla de esas cosas en público
-respondió fríamente Tobermory-. Por lo que pude observar de su conducta desde
que llegó a esta casa, imagino que le parecería inconveniente que yo desviara
la conversación hacia sus pequeños asuntos.
No solo al mayor dominó el pánico que siguió a estas
palabras.
-¿Quieres ir a ver si la cocinera ya tiene lista tu
comida? -sugirió apresuradamente lady Blemley, fingiendo ignorar que faltaban
por lo menos dos horas para la comida de Tobermory.
-Gracias -dijo Tobermory-, acabo de tomar el té. No
quiero morir de indigestión.
-Los gatos tienen siete vidas, sabes -dijo sir Wilfrid
con ánimo cordial.
-Posiblemente -replicó Tobermory-, pero un solo
hígado.
-¡Adelaida! -exclamó la señora Cornett-, ¿vas a
permitir que este gato salga a hablar de nosotros con los sirvientes?
El pánico en verdad se había vuelto general. Se
recordó con espanto que una balaustrada ornamental recorría la mayor de las
ventanas de los dormitorios de las torres, y que era el paseo favorito de
Tobermory a todas horas. Desde allí podía vigilar a las palomas y… sabe Dios
qué más. Si su intención era extenderse en reminiscencias, con su actual
tendencia a la franqueza el efecto sería más que desconcertante. La señora
Cornett, que pasaba mucho tiempo frente a su mesa de tocador y cuyo cutis tenía
fama de poseer una naturaleza nómada aunque puntual, se mostraba tan incómoda
como el mayor.
La señorita Scrawen, que escribía poemas de una
sensualidad feroz y llevaba una vida intachable, solo manifestó irritación; si
uno es metódico y virtuoso en su vida privada, no quiere necesariamente que
todos se enteren. Bertie van Tahn, tan depravado a los diecisiete años que
hacía ya mucho que había abandonado su intento de ser todavía peor, se puso de
un color blanco apagado como de gardenia, pero no cometió el error de
precipitarse fuera de la habitación como Odo Finsberry, un joven que parecía
seguir la carrera eclesiástica y a quien posiblemente perturbaba la idea de
enterarse de los escándalos de otras personas. Clovis tuvo la presencia de
ánimo de guardar una apariencia de serenidad. Interiormente se preguntaba
cuánto tiempo tardaría en procurarse una caja de ratones selectos por medio de
Exchanges and Mart, y utilizarlos como soborno.
Aun en una situación delicada como aquella, Agnes
Resker no podía resignarse a quedar relegada por mucho tiempo.
-¿Por qué habré venido aquí? -preguntó en un tono
dramático.
Tobermory aceptó inmediatamente la apertura.
-A juzgar por lo que dijo ayer la señora Cornett
mientras jugaban al croquet, fue por la comida. Describió a los Blemleys como
las personas más aburridas que conocía, pero admitió que eran lo bastante
inteligentes como para tener un cocinero de primer orden; de otro modo les
resultaría difícil encontrar a quien quisiera volver por segunda vez a su casa.
-¡Ni una palabra de lo que dice es verdad! ¡Pregunten
a la señora Cornett! -exclamó Agnes, confusa.
-La señora Cornett repitió después su observación a
Bertie van Tahn -prosiguió Tobermory- y dijo: “Esa mujer está entre los
desocupados que integran la Marcha del Hambre; iría a cualquier parte con tal
de obtener cuatro comidas por día”, y Bertie van Tahn dijo…
En ese instante, misericordiosamente, la crónica se
interrumpió. Tobermory había divisado a Tom, el gran gato amarillo de la
rectoría, que avanzaba a través de los arbustos en dirección del establo.
Tobermory salió disparado por la ventana abierta.
Con la desaparición de su por demás alumno brillante,
Cornelius Appin se encontró envuelto en un huracán de amargos reproches,
preguntas ansiosas y temerosos ruegos. En él recaía la responsabilidad de la
situación, y era él quien debía impedir que las cosas empeoraran aun más.
¿Podía Tobermory impartir su peligroso don a otros gatos? Era la primera
pregunta que tuvo que contestar. Era posible, dijo, que hubiera iniciado a su
amiga íntima, la gatita de los establos, en sus nuevos conocimientos, pero era
poco probable que sus enseñanzas abarcaran por el momento un margen más amplio.
-Siendo así -dijo la señora Cornett- acepto que
Tobermory sea un gato valioso y una mascota adorable; pero seguramente
convendrá conmigo, Adelaida, que tanto él como la gata de los establos deben
desaparecer sin demora.
-No supondrá que este último cuarto de hora me haya
sido placentero -dijo amargamente lady Blemley-. Mi marido y yo queremos mucho
a Tobermory… por lo menos, lo queríamos hasta que le fueron impartidos esos
horribles conocimientos; pero ahora, por supuesto, lo que hay que hacer es eliminarlo
tan pronto como sea posible.
-Podemos poner estricnina en los restos que recibe a
la hora de la comida -dijo sir Wilfrid-, y a la gata del establo la ahogaré yo
mismo. El cochero lamentará mucho perder a su mascota, pero diremos que los dos
gatos padecían un tipo de sarna muy contagiosa y que temíamos que se extendiera
a los perros.
-Pero, ¡mi gran descubrimiento! -protestó el señor
Appin-; después de tantos años de investigaciones y experimentos…
Un arcángel que proclamara en éxtasis el milenio y descubriera
que coincide imperdonablemente con las regatas de Henley y tuviera que ser
postergado por tiempo indefinido, no se hubiera sentido tan deprimido como
Cornelius Appin ante la acogida que se dispensó a su magnífica hazaña. Tenía en
contra, sin embargo, la opinión pública, que si hubiera sido consultada al
respecto es probable que una cuantiosa minoría hubiera votado por incluirlo en
la dieta de estricnina.
Horarios defectuosos de trenes y un nervioso deseo de
ver las cosa consumadas impidieron una dispersión inmediata de los huéspedes,
pero la comida de aquella noche no fue por cierto un éxito social. Sir Wilfrid
pasó momentos difíciles con la gata del establo y después con el cochero. Agnes
Resker se limitó ostentosamente a comer un trozo de tostada reseca, que mordía
como si se tratara de un enemigo personal, mientras que Mavis Pellington guardó
un silencio vengativo durante toda la comida. Lady Blemley hablaba
incesantemente haciéndose la ilusión de que estaba conversando, pero su
atención se concentraba en el umbral. Un plato lleno de trozos de pescado
cuidadosamente dosificados estaba listo en el aparador, pero pasaron los dulces
y los postres sin que Tobermory apareciera en el comedor o en la cocina.
La sepulcral comida resultó alegre comparada con la
siguiente vigilia en el salón de fumar. El hecho de comer y beber había
procurado al menos una distracción al malestar general. El bridge quedó
eliminado, debido a la tensión nerviosa y a la irritación de los ánimos, y
después que Odo Finsberry ofreció una lúgubre versión de Melisande en el bosque
ante un auditorio glacial, la música fue por tácito acuerdo evitada. A las once
los sirvientes se fueron a dormir, después de anunciar que la ventanita de la
despensa había quedado abierta como de costumbre para el uso privado de
Tobermory. Los huéspedes se dedicaron a leer las revistas más recientes, hasta
que paulatinamente tuvieron que echar mano de la Biblioteca Badminton y de los
volúmenes encuadernados de Punch. Lady Blemley hacía visitas periódicas a la
despensa y volvía cada vez con una expresión de abatimiento que hacía
superfluas las preguntas acumuladas.
A las dos Clovis quebró el silencio imperante.
-No aparecerá esta noche. Probablemente está en las
oficinas del diario local dictando la primera parte de sus memorias, que
excluirán a las de lady Cómo se Llama. Será el acontecimiento del día.
Habiendo contribuido de esta manera a la animación
general, Clovis se fue a acostar. Tras prolongados intervalos, los diversos
integrantes de la reunión siguieron su ejemplo.
Los sirvientes, al llevar el té de la mañana,
formularon una declaración unánime en respuesta a una pregunta unánime:
Tobermory no había regresado.
El desayuno resultó, si cabe, una función más
desagradable que la comida, pero antes que llegara a su término la situación se
despejó. De entre los arbustos, donde un jardinero acababa de encontrarlo,
trajeron el cadáver de Tobermory. Por las mordeduras que tenía en el cuello y
la piel amarilla que le había quedado entre las uñas, era evidente que había
resultado vencido en un combate desigual con el gato grande de la rectoría.
Hacia mediodía la mayoría de los huéspedes había
abandonado las torres, y después del almuerzo lady Blemley se había recuperado
lo suficiente como para escribir una carta sumamente antipática a la rectoría
acerca de la pérdida de su preciada mascota.
Tobermory había sido el único alumno aventajado de
Appin, y estaba destinado a no tener sucesor. Algunas semanas más tarde, en el
jardín zoológico de Dresde, un elefante que no había mostrado hasta entonces
signos de irritabilidad, se escapó de la jaula y mató a un inglés que,
aparentemente, había estado molestándolo. En las crónicas de los periódicos el
apellido de la víctima aparecía indistintamente como Oppin y Eppelin, pero su
nombre de pila fue invariablemente Cornelius.
-Si le estaba enseñando los verbos irregulares al
pobre animal -dijo Clovis-, se lo tenía merecido.
FIN
“Tobermory”,
The Chronicles of Clovis, 1911
The Chronicles of Clovis, 1911
1. Juego de palabras intraducible: “rats” significa
ratas pero también es una expresión de desconfianza.
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Para seguir leyendo más cuentos...
http://ciudadseva.com/autor/saki/cuentos/
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Reseña del libro "Cuentos Esenciales", por Jorge Luis Borges
acerca de la obra de SAKI.
Saki es considerado un maestro del cuento, y sus relatos ofrecen personajes sutilmente retratados y relatos magistralmente concebidos con finales sorpresivos. Todos sus cuentos, sean de humor o terror, son un ejemplo de brevedad y eficacia. Crítico implacable de sus contemporáneos victorianos, rígidos en sus costumbres y apegados a ridículas fórmulas sociales, Saki tomaba asuntos triviales de la vida cotidiana y los narraba con un tono cruel que descubría la verdadera naturaleza de la persona y la máscara con que la ocultaba. La suya no es una ironía estridente, sino sutil y profunda, con un fondo de dureza y falta de compasión con sus víctimas. Detrás de la sátira, el lector sospecha que hay una persona atormentada que se desahoga hiriendo y a la que su educación le impide ser manifiestamente brutal. Detrás del sarcasmo hiriente y de la crítica despiadada se esconde en este autor un profundo espíritu de justicia y verdad. Cuentos esenciales reúne relatos publicados originalmente en sus libros de cuentos: Las aventuras de Reginald, Crónicas de Clovis, Animales y más que animales y Juguetes de Paz / El huevo cuadrado. "Con una suerte de pudor, Saki da un tono de trivialidad a relatos cuya íntima trama es amarga y cruel. Esa delicad eza, esa levedad, esa ausencia de énfasis puede recordar las deliciosas comedias de Wilde." Jorge Luis Borges
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Para saber acerca del autor...
https://www.ecured.cu/H%C3%A9ctor_Hugh_Munro
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http://www.imaginaria.com.ar/18/1/saki.htm
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